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Alique,... "cuestas y flores"


Alique, pertenece junto a otros caseríos y pueblos hermanos del entorno,  con nombres muy sonoros y cantarines como Casasana, Tabladillo y Hontanillas,  a la cercana, conocida y nombrada Villa de Pareja, ... por lo que está enclavado en medio de la Alcarria junto a los márgenes del río Tajo, dentro la provincia de Guadalajara.

Su escasa población se ve aumentada en verano, pero aunque pocos son amables y muy buena gente. A los aliqueños o aliquenses, se les conoce popularmente en la Alcarria con el apelativo de “abogaillos”, … será porque saldrán en defensa del primero que lo necesite; …!no me extrañaría, que fuera así,…! , sobre todo conociendo a varios paisanos de este pueblo que nos lo certificaron mientras lo visitamos mi padre y yo en una soleada mañana de julio del 2012, en la que nos permitieron charlar animadamente con varios vecinos que tranquilamente tomaban el fresco bajo un enorme ciruelo que bebía del arroyo Valdealique, junto al viejo puente. Entre ellos destacaba Vicente Serrano, que nos comentó entre otras cosas,mostrando mucho interés y entusiasmo,  que un tal “Ricardo” que procedía de Valencia se había casado con una chica del pueblo que vive en el barrio alto y era el único del pueblo que escribía sobre el entorno en Internet por lo que me dijo se encargaría de entregarle mi tarjeta para que pudiera contactar con él y así compartir más información sobre nuestra Alcarria.



Además de Vicente estaban en este corrillo Maria Cristina Alonso con su marido Bonifacio Alonso y el “número 1 del pueblo” llamado Pablo Alonso, según nos insistió María José López Alonso que vivaracha y también bastante amable,  nos narró un montón de historias, recuerdos  y leyendas de su pueblo.

Nos mencionó así, a un tal “Felipe” que solía pasar por Alique antiguamente con frecuencia para comprar las pieles de las cabras y ovejas del pueblo, y así vendérselas luego en su pueblo a los curtidores de Budia. Mi padre Joaquín Alfaro Bermejo, natural de Budia recordó al hilo de esos comentarios al tal “Felipe” y otros paisanos del estilo como “los Constantes” que se dedicaban también al comercio de las pieles y cerones, compartiendo recuerdos y chascarrillos de aquellos tiempos entre todos.







Las ocupaciones de las gentes de Alique según nos confirmaba María José Lopez Alonso,  son algunas típicas labores agrícolas, el cuidado de chopos, los olivos, las plantas aromáticas y las huertas.

Además, en Alique se siguen recogiendo las olivas,  contribuyendo a obtener el fruto del olivo de esa famosa variedad local castellana denominada “verdeja”, que conserva el sabor, aroma y características del fruto del que procede, con un color verde limón intenso y con un grado de madurez preciso,  que ofrece un sabor afrutado y aromático rotundo y muy especial.

Contribuye a esta labor Alique junto con otros 95 términos de Guadalajara y otros 42 de Cuenca, todos ellos dentro de Castilla-La Mancha, participando en esta zona de producción con la afamada denominación de origen “verdeja” de la Alcarria.

Alique se desparrama en una extensión de 11 kilómetros cuadrados con una población de 27 habitantes, por lo que mantiene una densidad aproximada de 2 habitantes por cada kilómetro cuadrado.

En su patrimonio, aparte de la maravillosa naturaleza, es de destacar únicamente su  viejo puente y la Iglesia Parroquial del siglo XVI, así como algunos ejemplares de la arquitectura rural alcarreña que encierran y conservan algunas de sus casas, sin olvidarse de los curiosos y típicos sobreportales que en este pueblo encruzan algunas de sus calles, permitiendo perpetuar allí la preciada sombra,  aun en los momentos de mayor calor del verano.








Antes de llegar a la iglesia que se asoma al valle entre la copas de sus árboles y subiendo hacía ella desde la plaza de la fuente, nos encontramos con Paulina Zargaza, que zarandeaba en el callejón junto a su casa, a la sombra de los muros de la iglesia que sobresalía y adornaba repleta de tiestos entre un montón de flores multicolores  por todas las paredes, rellenando sus ventanas y balcones, logrando un toque de alegría muy especial a ese rincón del pueblo, junto a su continua y amable sonrisa.





Casi no pudimos pasar con el coche entre las calles estrechas que suben a lo más alto del pueblo rozando los muros de su iglesia, así que dejamos descansar a nuestro coche junto al juego pelota, cercano a unas antiguas bodegas en la calle Alta, mientras paseamos por las recoletas y pendientes callejas de Alique .

Algunas de las fachadas de sus casas están protegidas por  preciosas parras de un verde intenso que acarician sus muros rodeando puertas y ventanas, al tiempo que salpicaban ramilletes de colores  centelleantes contrastando con el blanco de la cal, esbozando increíbles acuarelas de luces y sombras, salpicando de magia a cada rincón.

Os invitamos a pasear por el fondo de este valle entre las callejas de Alique, para saborear y disfrutar entre otras muchas cosas, de ese aire árabe que recuerdan las calles de estos pueblos alcarreños, en los que los recodos, los rincones, las callejas estrechas, los alerones de sus casas, sus sombras y sus luces, nos atrapan y acogen como lo hace un imán a un trocito de hierro.


El antiguo alcalde de Alique Pedro Bretín, ya fue reseñado por José Serrano Belinchón en uno de sus famosos artículos en la revista de Nueva Alcarria, en la que acostumbra a ensalzar a cada uno de nuestros pueblos alcarreños de Guadalajara,...  y que a continuación de este reportaje lo publico para recuerdo y complemento de esta narración sobre Alique;... pero ahora, en pleno verano del 2012  Pedro Bretín sigue aún presente y permanente en este pequeño y precioso pueblo, aunque esté muy quietecito y sin pestañear,  encima de su pedestal donde su busto y su espíritu  observa continuamente de frente a esa fuente de cuatro caños que adorna con su cantar la plaza del ayuntamiento, y que con una placa en la que se le hace mención en dos palabras para dejar sentado la clase de persona, de buena gente, y de lo querida y recordada que era, es y será,  para sus convecinos y paisanos.

Como recursos medio-ambientales,  este pueblo ofrece parajes naturales preciosos  y preciados como el pequeño valle que forma el arroyo Valdealique,  cruzando el pueblo entre senderos, chaparros, chopos, huertas y multitud de plantas aromáticas.Por esta zona se suelen realizar ahora actividades deportivas y de ocio como cicloturismo, senderismo y otras actividades relacionadas con la naturaleza

Alique perteneció tiempo atrás, en la reconquista, a la demarcación de Pareja, y, como ella, al Común de Villa y Tierra de Huete, hasta que a finales del siglo XII, por donación de Alfonso VIII a San Julián, obispo de Cuenca, pasó junto con Pareja y las aldeas de su alrededor, a ser propiedad y señorío de la Mitra conquense, en la que prosiguió hasta el siglo XIX.

En su folclore, además de la fiesta del Cristo en agosto es costumbre encender grandes hogueras, pero también destacan  los famosos “Carnavales” y las fiestas de los Mayos, en que se colocaban ramos y flores ante las ventanas de las mozas elegidas por sus pretendientes.








nota: * a continuación,  rescato como adelantaba anteriormente,  un artículo de Serrano Belinchón sobre este pueblo de Alique, … así como el comentario de una paisana (“Mercedes”), en los que se saborean y precisan aspectos típicos de este pueblo que José Serrano relata con su preciosa, sabia y preciada pluma, mostrándonos la historia, reflejándonos el momento y perpetuando el recuerdo de este entorno para todos nosotros, .. utilizando estas palabras:


“… Chopos altísimos colocados en hilera, carrascas voluminosas colocadas a derecha e izquierda que ofrecen una sombra espesa y oscura como la sombra de los álamos, vástagos cilíndricos de tronco viejo, nogueras en leche, espliego, romero, tomillares, pájaros cantarines en las ramas, un barranco por el que corre el agua... Alique, menguado en mucho por la inevitable pérdida de sus olmos seculares que hubo que cortar, es un menudo paraíso perdido en la Alcarria.

Cuando de buena mañana llego al pueblo sopla un vientecillo fresco que eriza la piel. La espadaña de su iglesia y el juego de pelota se ven anclados allá arriba, sobre unas peñas que se elevan desde el cauce del riato. El riato o arroyo de Alique no tiene nombre. La poca agua que todavía corre, baja escondiéndose entre los matorrales silvestres de la hondonada y los residuos de ceniza que quedaron después de quemar los olmos. Al pueblo se entra desde abajo, siguiendo un barandal con triángulos calados de rasilla. Después el puente viejo, símbolo de la villa volande­ra, donde cuentan los que lo vieron que hubo un olmo que daba sombra a medio pueblo; y de seguido, como breve repisa antes de comenzar la escalada, la plazuela de la fuente, donde hay prendi­dos cuatro chorros que manan copiosos -uno hacia cada punto cardinal- de una especie de pilastra sólida, que concluye en un juego de forja a manera de cruz.

En la plazuela de la fuente hay en este momento media docena de personas tomando refrescos y cervezas con cacahuetes bajo un cobertizo, un poco al modo oriental. Les sirve una mujer joven, muy dispuesta, tirando en su color de pelo a castaña clara que viste pantalones vaqueros.
- ¿Quién será ese? -se preguntan.
- Cualquiera sabe. Alguno de las obras, o vaya usted a saber.
Casi en lo más alto del pueblo está la Plaza Mayor. Tiene un juego de pelota que prácticamente la ocupa toda, la portada en arco de la iglesia parroquial con una cifra escrita que dice 1760, y una sencilla barbacana por detrás que mira al barranco. Desde la barbacana de la plaza de Alique se consigue una visión a vuelo de mosquito muy bonita. Al rato pasan por encima de nuestras cabezas y de las copas de los árboles dos aviones a reacción haciendo un ruido infernal. El ruido de los aviones lo repetirán, ahora más atenuado, los cerros de Peñalacueva y Piedra­saltas por donde están los chaparros. Detrás del frontón, justa­mente al respaldo y sobre el mismo muro, hay una higuera muy frondosa que no tiene higos, como la del Evangelio.

- Antes era todo más bonito que ahora, ya lo creo que sí. Usted porque no lo ha conocido hace unos años.
La iglesia, al menos por lo poco que se ve desde fuera, no tiene demasiado que contar. Es un edificio sencillo, con paredes de mampostería y bloques de sillar reforzando las esquinas.

Gran parte de las casas que tiene Alique por el Barrio de Arriba son viejas, blanqueadas las más, con parrales que les sirven de adorno a varias de ellas. En otras con aires más actua­les hay jardinillos adosados, con rejas y cantidad de flores sin olor, de colores aparatosos y encendidos. En una de esas casa más modernas sale a través de la cortina, como disparada del altavoz en una radio a todo volumen, aquella conocida canción de tropa de "Adiós Lily Marlén". Por un instante, en la más absoluta soledad de una calle de Alique, he vuelto a recordar con nostalgia los ya lejanos tiempos del caqui que, con el poeta, es justo reconocer que nunca fueron peores.

- ¿Qué le parece el pueblo?
- Muy bien. Me parece muy bonito. Por lo menos en verano, a mí no me importaría vivir aquí. Pienso que debe ser un pueblo muy tranquilo.
- En eso que usted dice tiene razón. En el verano da gusto estar aquí, pero en cuanto llega septiembre, la gente se va.
- Y ustedes se quedan solos, como pasa siempre.
- Sí señor, y bien solos que nos quedamos. Nosotros que tenemos ganado, el alcalde que vive ahí abajo y dos o tres más.



Me comentaba doña Paulina estas cosas desde el altillo en que vive por la calle de la Iglesia, y se lamentaba la buena mujer, con mucha razón, de que la muerte de los olmos dejó al pueblo prácticamente al descubierto.

- Sí señor. Todo lo del barranco eran olmos hermosísimos. Aquí mismo tiene usted la señal de donde cortaron uno. Tapaba toda mi casa con las ramas y nos dejaba ver.
La situación de Alique en cuestas, su exuberante vegetación, y sobre todo el arroyo, son las tres notas esenciales que dan carácter y que condicionan la vida del pueblo.

Cerca del puente me viene a saludar un señor muy atento que lleva dos barras de pan envueltas en papel blanco. El hombre se ha equivocado de parte a parte al querer descubrir mi personali­dad, pero nos hacemos amigos enseguida. Me ha dicho que se llama Niceto Vaquero, y que es natural de Villalba en la provincia de Madrid.

- Pues encantado de saludarle, y aunque haya sido por error, usted perdone.
- No hay nada que perdonar. Le advierto que no es usted el único que me toma por otro. Como ando mucho por los pueblos sin avisar a nadie, es natural que la gente me confunda.
- Lo que usted no sabrá es que aquí hay una centenaria.
- Pues no lo sabía, no señor. Hace unos meses saludé a otra en Mandayona. Afortunadamente es una fruta que se da con harta frecuencia en la provincia. Yo creo que hay más de veinte.
- Si no le importa, pase usted luego a verla. Seguro que se está levantando ahora. Todavía está la mujer muy en su juicio. Es mi madre política.
- No se preocupe, dentro de un rato me tiene allí.

El alcalde de Alique se llama Pedro Betrín. (más abajo corrige su apellido una lectora, con un comentario en internet,  precisando que es Bretín, no Betrín) Vive en la casa de Teléfonos, frente por frente al arroyo y al barandal de rasi­lla. Es un señor alto, mas bien delgado, sin rayar con exceso en lo uno ni en lo otro, y con el pelo tirando a cano. El alcalde, desde que me vio entrar en su pueblo, lleva media mañana con la mosca en la oreja pensando qué demonios pinto yo en Alique, olismeándolo todo y hablando con la gente como si tal. Lo sorpren­do arreglándose las uñas detrás de la cortina en el portal de su casa. Dicho sea que, ignorada por él la identidad del forastero, ni siquiera me ha invitado a entrar. Pedro Betrín sabe guardar debidamente las distancias con quien no conoce y da la impresión de ser un hombre frío y poco cordial. Un rato después comprobaría que no es así, ni mucho menos.

- Buenos días. Quería saludar al alcalde. ¿Es usted?
- ¿Para qué lo quiere?
- Para nada en particular; solamente para decirle hola, y para que sepa que soy una persona de bien que viene a ver el pueblo sin meterse con nadie.
- Pues en Alique hay poco que ver.
- ¿Cuántos habitantes son en este momento?
- Censados, veintiuno.
- Bueno, pues usted perdone. No le molesto más. Muchas gracias.
Al momento el alcalde se sacó la "Nueva Alcarria" al poyo, y se quedó pensativo mirando atentamente la fotografía que encabe­za "Plaza Mayor". Observo la escena con curiosidad desde el puente. Me doy cuenta de que el hombre ha cambiado de súbito la forma de pensar.
En la otra orilla del pueblo han sacado a la calle a doña Justina Rebollo Alonso, sentada en un sillón de mimbre. La abuela Justina es la centenaria de Alique a quien tenía el compromiso de saludar. Está como encogida la buena mujer, consecuencia de los años. Cuando me siento sobre un escalón frente a ella, me acoge igual que si me hubiera conocido durante toda la vida.
- Abuela. Digo que si bailará usted para el Cristo este año.
- No bailo ya para la fiesta nunca. No me ha gustado a mí mucho eso de bailar. Me entretengo en acordarme de las cosas y llorando.
- ¿Cuántos años tiene?
- Cien y medio. Voy a cumplir ciento uno.
- ¿Y qué tal se encuentra?
- Pues, quitándome lo malo, funciono bien. Las piernas, y la cabeza, y casi todo me duele. A mis años no soy ya persona. Todo lo tengo inútil. Nunca he sido encogida yo, pero ahora sí.



- ¿Qué le parece la vida moderna?
- Muy triste y muy trastornada. Aquí no se puede vivir.
- Me han dicho que se casó usted muy joven.
- A los diecisiete años. Yo no me quería casar, porque no conocía al novio; pero medio me obligaron para que un hermano suyo se librara del servicio.
- Increíble. ¿Y resultó bien?
- Muy bien, sí señor. Mi marido y yo nos quisimos mucho toda la vida. No como los de ahora, que les sobra de todo y no se entienden.
- ¿Cómo se portan sus hijos con usted?
- Muy bien. algunas veces me regañan porque soy mandona, pero es que no lo puedo remediar.
- ¿Y a que se debe, abuela Justina, que viva usted tanto?
- No lo sé. Será que no quieren lo malo en el otro mundo.

Le di dos besos al marchar y la abuela Justina -mujer al fin- los recibió con cierto rubor. A sus años es muy posible que, excepción hecha de los más afines, la gente no tenga con ella esa atención, por lo menos a diario. Cuando me fui, la buena mujer se quedó llorando a la sombra de los árboles en su cómodo sillón de mimbres.

Los efectos incómodos del sol de la Alcarria cuando son las doce, nos empujan a Niceto y a mí a buscar cobijo bajo el coberti­zo de la plazuela de la fuente. Allí cabe esperar que habrá mejor temperatura, sosiego y algún que otro botellín de cerveza fresca, como así es. Acabamos de acomodarnos en las bailarinas sillas del quiosco rodeando una mesa. Al momento aparece, periódico en mano, don Pedro Betrín, el alcalde, más convencido que hace una hora, más amable, más servicial, y dispuesto a invitar y a lo que hiciera falta. Uno, que dados los aconteceres que a diario se ven por este mundillo nuestro, nos es de los que se suelen fiar por sistema del primero que llega, lo recibe con calor de amigo y agradece sinceramente su compañía y su invitación. Las gentes de Guadalajara, sean de la comarca o latitud que fueren, son herede­ras de la castellanía del Cid en su conducta, y ahí está la prueba: primero, con recia severidad, se exigen todas las pruebas habidas y por haber -como el de Vivar en Santa Gadea-, luego la amistad, la fidelidad sin condiciones y el vasallaje. Hoy, Pedro Betrín, alcalde de la Alcarria, es una de las personas que con mayor afecto recuerdo de todos mis viajes.

- Así que me dijeron que las fiestas del Cristo las habían trasladado al mes de agosto.
- Eso es. El 16, 17 y 18 de agosto son ahora. Están muy animadas y acude mucha gente.
La intrascendente, pero amena conversación entre el perio­dista y sus amigos se ve interrumpida más de una vez por la pequeña Liana, la hija de Mari Carmen que es la señora que sirve en el quiosco. Cuando Liana se cansa de danzar entre las mesas, de hablar como una cotorra y de pedir golosinas que su madre a regañadientes siempre le da, se tumba en el suelo e intenta echar a dormir a dos caracoles sobre el papel de un chicle.
- ¿Cuántos añitos tiene Liana?
La parlanchina niña del quiosco se obstina en no responder. Cuando insisto, me muestra los dedos índice y corazón de su mano, indicando que tiene dos, sin mirarme siquiera.
- Pues qué niña más fea. Parece que la ha comido la lengua un gato. ¿Me das un besito, Liana?
- ¡¡ No !!
Alique. Aquí la Alcarria deshabitada y sola, cargando sobre su espalda árida el triste sino de las tierras mesetarias, donde a mucha honra, que diría el castizo, nos ha tocado vivir. Otra llamita encendida para el recuerdo -esperemos que lo sea por mucho tiempo- de la que quien esto escribe desea dejar la debida cons­tan­cia.
(N.A. Agosto, 1986)
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 Mercedes precisó en un comentario de internet, sobre este artículo lo siguiente: ...
"... Ha sido un placer para mi encontrar este articulo sobre Alique en Internet. Sin embargo he de hacer algunas puntualizaciones sobre el articulo. El río de Alique si que tiene nombre, siempre lo ha tenido. Se llama Valdealique. El nombre correcto del alcalde es Pedro Bretín (y no Betrín como figura), que por cierto siguió siendo alcalde hasta 2007, y por último la niña de Mari Carmen se llama Diana y no Liana. Salvo estos errores el árticulo es precioso y desde aquí le invito a volver por Alique y comprobar que sigue siendo un pueblo precioso, a pesar de que se nos han vuelto a secar todos los olmos. ..."

Vínculo del artículo de donde he rescatado este reportaje de José Serrano Belinchón  http://guplazamayor.blogspot.com.es/2008/12/alique.html